La noche me alcanzo y los fantasmas, viajeros inseparables de la obscuridad nocturna, son mis únicos acompañantes. La música suena en mis oídos palpita dentro de mi cabeza, hace que mi mirada se pierda en el cielo y en el reflejo del mar de luces que se dibuja en el cristal de mi ventana; la poca briza que entra a través de ella, golpea mi piel desnuda, es cálida y contrastante al sudor frio que recorre mi piel, por momentos, su encuentro me hace sentir escalofríos que recorren cada parte de mi, de principio a fin.
Una cigarro ameniza mis pensamientos, el humo juega a mí alrededor dándoles forma y su amargo sabor aviva cada uno de mis recuerdos, para luego extinguirse en un suave color rojizo, alcanzando aquel cielo vigilante, convirtiéndose en titilantes estrellas, fragmentos de luz que pasaran una eternidad suspendidas en ese mar infinito.
El tiempo pasa, la locura crece, las pasiones afloran poco a poco afuera de su envoltura llamada razón; los sueños más seductores están por llegar y la noche comienza a envejecer.
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